El vértigo político y el amor sereno:

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    El vértigo político y el amor sereno


    Entre Gabriela Rivadeneira y Luis Flores hay una diferencia de 13 años. Pero ella no parece una chiquilla de 29 y él tampoco parece un señor grande de 42. Gabriela es más madura de lo que podría ser otra mujer a su edad, porque creció intelectualmente desde que era una adolescente, casi una niña, ávida de música, de poesía, de canción protesta, de política, de ideología. Y Luis se formó junto a ella. Él estudió en el Conservatorio Nacional de Música, en Quito, admiraba a Víctor Jara (cantautor chileno asesinado por la dictadura de Pinochet) y como muchos de sus paisanos, a los 17 años se fue a Europa con la guitarra al hombro en busca de otros mundos. Pero un día sintió el llamado de la tierra, volvió a Otavalo y decidió instalar una tienda de víveres en la calle Sucre, una de las principales avenidas de la ciudad. A la tienda llegaban clientes a comprar arroz, azúcar, pan, leche, pero también acudían los amigos de Luis. El lugar se convirtió en un centro de estudio sobre la realidad mundial y nacional. Y de poesía. Y de guitarreadas. Y de canciones. Allí se gestó el primer movimiento intercultural de Otavalo. Con su uniforme colegial, Gabriela, de 16 años, lo frecuentaba también. Y fue juntándose a los amigos y a Luis. Y aprendía. Aprendía mucho. Durante aquellos primeros años, entre Gabriela y Luis solo hubo amistad, no amor. Luis tenía novia y Gabriela no prestaba demasiada atención a quienes la pretendían. De hecho, antes de Luis había tenido dos o tres relaciones irrelevantes que ya no recuerda. Pero terminaron enamorándose y resolvieron casarse. Él dejó a su novia y ella lo dejó todo por él. Viven en las afueras de Otavalo, en "Los Pinos", un conjunto residencial ubicado en Quiroga. Su casa tiene dos pisos. Es cómoda, amplia, con adornos, máscaras, retratos y pinturas de motivos indígenas y con todos los espacios que requieren para su vida cotidiana. La construyeron hace apenas dos años, aunque el terreno lo tenían hace cuatro. Y aunque no tiene jardín, frente a ella hay un parque infantil y un bosquecito con árboles grandes y amplios espacios verdes donde juegan, pasean y disfrutan la vida junto a sus dos niños, Paulo Nujank, de cinco años, y Martín Nahuel, de tres, y Kinua, el perro que completa la familia. Paulo y Martín han asumido todo este cambio con una madurez insólita, según expresan sus orgullosos padres: "Paulo, en especial, es un niño que toma sus propias decisiones". En el estudio, a la izquierda de la entrada de la casa, suena la música y la poesía del cantautor español Joaquín Sabina. Hay una laptop y muchos libros y mucha música y velas y recortes de periódicos y recuerdos de viajes. En la biblioteca destaca una colección de siete volúmenes de Marxismo y Democracia. Y las obras del sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva ("El proceso de dominación política en el Ecuador", "La teoría marxista", "América Latina en la frontera de los años 90"). Y "Estúpidos hombres blancos", libro del irreverente cineasta y escritor estadounidense Michael Moore. Y "El fin de la pobreza", del economista también norteamericano Jeffrey Sachs. Junto a los libros, como cuidándolos, como mostrándose parte de esos pensamientos, reflexiones y filosofía, está el general y expresidente Eloy Alfaro en un pequeño busto con una plaquita donde se lee: "Centenario de la hoguera bárbara, 28 de enero de 1912- 28 de enero de 2012". Hay fotografías de la campaña, en especial una donde se ve a Gabriela tomada del brazo de Fernando Cordero, el expresidente de la Asamblea Nacional, quien le cedió el camino para que ella ocupara ese cargo a nombre de la nueva generación de la revolución ciudadana. Es otro orgullo de Gabriela: "En la Asamblea actual tenemos por lo menos treinta legisladores de menos de treinta y cinco años". Para cumplir con la agenda del día, de lunes a viernes Gabriela y Luis se levantan de madrugada y salen a Quito a las cinco de la mañana. Los Flores-Rivadeneira todavía no pueden instalarse en la capital porque Paulo aún no termina el primer año en la escuela municipal "Valle del Amanecer". Los niños se quedan en Otavalo, bajo el cuidado de los familiares de mayor confianza. Gabriela, Luis y un séquito inesperado (el personal de seguridad) viajan a Quito. A la pareja todavía le extrañan, y quizás hasta le incomodan, ciertos cambios en su rutina diaria. Van siempre en comitiva, en elegantes jeeps Nissan Patrol, con un equipo integrado por militares y policías que nunca los dejan solos cuando están en público y que los cuidan desde afuera cuando están en casa, van de visita donde los familiares o asisten a una reunión política o social. Esa es su misión. De rostro fresco y aspecto impecable, la joven Mariuxi Enríquez, de 25 años, es teniente de Policía y forma parte de ese grupo. Disfruta su trabajo, en especial porque siente que el papel que cumple es clave en un país donde aún puede suceder de todo. No ocurre lo mismo con el legendario otavaleño mestizo Juan Ruales, parte esencial de la familia, hermano mayor de Luis y uno de los ideólogos marxistas más respetados de la provincia. A él, que suele visitar a Luis y a Gabriela los fines de semana para cantar y guitarrear o para hablar de alta política, le suena paradójico que quienes hace algunas décadas perseguían y acosaban a la gente de izquierda ahora la protejan. Pero así es la vida. Cambia. Da saltos bruscos. De pronto nos coloca en situaciones sorprendentes y toca seguir, como si nada. Gabriela y Luis tratan de no olvidar sus hábitos, como aquel de ir todos los sábados, muy temprano, a la mítica y tan otavaleña Plaza de los Ponchos, donde no necesariamente van a comprar alguna cosa sino a conversar con la gente. O tampoco olvidar su afición por el cine. Luis es guionista y productor y es el responsable de la película "Sara y el espantapájaros", que aunque no se ha podido cambiar al formato en 35 milímetros que exigen las grandes cadenas de cine comercial, se estrenó en el renovado cine México, en el centro colonial de Quito, en 2008. Ha sido vista por miles de personas en comunidades, barrios urbanos y parroquias rurales en todo el país. Justo allí, en "Sara y el espantapájaros", Gabriela deja ver otra de sus virtudes: la actuación. En ese filme aparece vestida como si fuera un ángel, aunque en estricto sentido es una curiquinga, un personaje de la mitología andina. Cuando se muden a Quito, a un pequeño departamento en el norte de la ciudad, sentirán nostalgia por lo que dejan. Entre otras cosas, Gabriela tiene pena por abandonar la amplia y moderna cocina de la casa, en la que a ella le fascina preparar mariscos y carnes rojas sin olvidar, jamás, las finas hierbas. Admite, con algo de rubor en sus mejillas, que sabe muy poco, casi nada, de comida tradicional como la chuchuca, el yaguarlocro, el arroz de cebada… No arrendarán la casa de Quiroga. Allí está la vida que fundaron juntos, los recuerdos. Aunque muchos pueden no creerlo, la joven presidenta de la Asamblea no está pensando en su futuro político sino en el hogar, como lo reafirma Luis. "Las obligaciones y los deberes sociales y partidistas no deben estresarnos. Simplemente hay que hacerlos y dejarlos fluir". La noche del 24 de mayo, mientras todas las nuevas autoridades políticas del Gobierno y de la Asamblea participaban en una cena y un coctel, la pareja y sus dos hijos decidieron ir al cine a ver "Igor", una película infantil que, según los críticos, "da una vuelta de tuerca a las clásicas películas de monstruos". Mientras los niños miraban la cinta, los padres se quedaron dormidos… Se hallaban extenuados luego de tantos días y noches escribiendo, juntos, el discurso de Gabriela durante la posesión del presidente Rafael Correa. Luis no deja, en ningún momento, de alabar a su esposa mientras ella, con sus grandes ojos verdes, sonríe con gestos de ternura y admiración y se da tiempo para picar cebolla, calentar el pan, hacer café, enrollar el jamón, cortar el queso, escurrir las papas y pelarlas, poner el jugo en los vasos… No hay empleada en la casa. Todo lo hacen ellos mismos. "La Gaby cabalga sensacional", dice él, sonriente y expresivo: "Una vez hizo de doble en una filmación sobre los Remache. El actor tenía un poco de temor y ella se puso un poncho, se hizo una trenza con su pelo largo y negro, se subió al caballo y cabalgó velozmente, tapándose el rostro para que los espectadores creyeran que era el actor". Y, sí: Gabriela ama tanto los caballos que los cabalga desde que tenía cuatro años, en la finca de Pedro, su papá, un agricultor que cultiva quinua y cebada en Cotacachi. Por eso, de cada viaje por el extranjero trae pequeñas representaciones, estatuillas y figuras equinas que se exhiben en la esquina del comedor, en una vitrina especial. Luis, quien también escribe obras de teatro y es un lector insaciable, se ve como un marido orgulloso: su esposa es una mujer de temple, que no se jacta de lo que logra, que no cree en fórmulas políticas, que tiene carácter, formación, personalidad. ¿Y él? Gabriela lo pinta como un ser extraordinario, un hombre capaz de afrontar las cosas difíciles de la vida "porque el mundo del arte te da otra sensibilidad". Pero lo esencial en los dos, como pareja, es que se cuidan de mantener los pies en la tierra. Gabriela no quiere impostar su imagen. Quiere ser una mujer normal y descomplicada, al menos cuando está lejos de las cámaras, los micrófonos, las entrevistas, los protocolos, la inmensa responsabilidad de conducir una asamblea que podría cambiar radicalmente el país al procesar leyes como la del Código Penal Integral, la de Comunicación, la de Minería, la de Aguas, la de Tierra… Por eso sigue siendo ama de casa, madre, esposa. Por eso cocina. Por eso atiende a sus niños. Por eso no lucha solo por el país sino por algo que le importa muchísimo: mantener la solidez de un matrimonio que le da paz, alegría, ganas de vivir y una inmensa voluntad para cumplir aquel popular verso del poeta español Antonio Machado y que décadas después musicalizó y cantó Joan Manuel Serrat: "Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar".

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    Fuente: expreso.ec
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