Boletín y elegía de las Mitas: Análisis del poema de César Dávila Andrade

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    Título: Boletín y elegía de las Mitas: Análisis del poema de César Dávila Andrade



    Análisis y resumen del poema de César Dávila Andrade titulado "Boletín y elegía de las Mitas".
    El poema titulado “Boletín y elegía de las mitas”, representa una poesía anticolonialista, escrita por César Dávila Andrade, escritor ecuatoriano y publicada por primera vez en el año 1959. este poema es considerado como un referente o insignia dentro de la literatura ecuatoriana.

    A continuación se expone un análisis sobre este poema.

    Boletín y elegía de las Mitas: Análisis del poema de César Dávila Andrade

    1.- Acerca del escritor César Dávila Andrade:

    César Dávila Andrade (5 de octubre de 1918 Cuenca, Ecuador – 2 de mayo de 1967 Caracas, Venezuela) fue un poeta, narrador y ensayista ecuatoriano, quien constituyó uno de los escritores más representativos del país, incluso fue catalogado como el mayor representante del relato breve dentro de la literatura nacional. La obra de César Dávila ha sido catalogada dentro de las corrientes literarias como neo romántica y surrealista.

    Es a partir del año 1945 que este escritor inicia la publicación de cuentos, ensayos y varios artículos en la Revista “Letras del Ecuador”, perteneciente a la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Posteriormente en el año 1946 publicó más artículos, cuya labor cesó en el año 1956. Sus trabajos denotan amplias dotes literarias y de genialidad.

    Dentro de su obra se destacan algunos poemas como “Oda al Arquitecto”, un poema que se caracteriza por ser diferente con algunas connotaciones panteístas, además de reiteraciones letánicas relacionadas con el tema religioso de la composición y los estribillos. De igual manera su primer libro se tituló “Espacio me has vencido”.

    Boletín y elegía de las Mitas: Análisis del poema de César Dávila Andrade

    En el año 1955 la Casa de la Cultura seleccionó sus mejores cuentos y los publicó con el título “Trece Relatos”, un libro que consta de un total de 182 páginas. Esta obra en específico le otorgó un marcado prestigio a César Dávila, como el mayor cuentista y poeta de su generación. Por otra parte, en su obra “Abandonados en la tierra”, este escritor demuestra una profunda preocupación por la enfermedad y la muerte, temas que con el transcurso de los años se convertirán en su obsesión.

    En el año 1959 este escritor cuencano leyó “Las Noticias Secretas de América y la Mitas”, escrita por el profesor Aquiles Pérez, por cuyo contenido se apasionó, tanto así que escribió “Boletín y elegía de las mitas”. Ese mismo año también publicó su poemario titulado “Arco de Instantes”, en donde incluyó dicho poema.

    César Dávila no llegó a pertenecer a ninguna escuela literaria, no obstante, su estilo demostró que era un romántico puro y tardío en sus primeros versos “Canción a bella distante”. También fue un magnífico expresionista, que le puso más dedicación al sentimiento que a la intuición. De igual manera, se dedicó unos años a escribir desde el surrealismo, parecido al estilo de Neruda.

    En el año 1951 se radicó en Venezuela de manera definitiva, y publicó en año posteriores “En un lugar no identificado, 1960, y en 1964, “Conexiones de Tierra”. En el año 1967 este escritor se suicidó degollado por mano propia, junto a su cadáver se encontró la siguiente nota: “Nunca estaremos verdaderamente solos si vivimos dentro de un mismo corazón”.


    2.- Análisis literario del poema “Boletín y elegía a las mitas”:

    En el poema su autor relata el sufrimiento y la lucha de los indígenas ecuatorianos, quienes fueron obligados a trabajar sin remuneración y bajo el sistema de “las mitas”, en el periodo de la colonia. El escritor rememora el nombre de decenas de indígenas, quienes fueron olvidados por la historia y además hace énfasis en el clamor del pueblo indígena sobre recuperar sus tierras, la cuales desde tiempos ancestrales le habían pertenecido. Este poema ha sido adaptado al teatro e incluso a cantatas.

    El poema consta de 286 versos que están distribuidos en más de 30 estrofas. El escritor transforma poco a poco su poema en un memorial de agravios conmovedor o una especie de cuenta de cobro, donde algunas veces el yo individual y otras desde el colectivo indígena se pronuncia contra el invasor. En este sentido en el poema se puede percibir la ira del agraviado y a la vez la calma calma de un juez lleno de pruebas que resultan ser irrefutables.

    Boletín y elegía de las Mitas: Análisis del poema de César Dávila Andrade

    El documento original que sirvió de fuente de inspiración a César Dávila, es una narración que posee más de 500 páginas, por lo que el escritor cuencano tuvo el mérito de transformar algunos de los personajes mencionados, en protagonistas literarios dentro de su poema. Al respecto hay que destacar que algunas veces cambia el nombre y otras los mantiene idénticos.

    En lo que respecta a la composición literaria de este poema se puede observar que las estrofas donde se habla sobre los grupos humanos corresponden a la épica, y el autor se reserva el lirismo para aquellas partes donde denuncia su propia desgracia. En el poema se puede interpretar que dicha desgracia en proferida por parte del encomendero o amo Viracocha.

    En el manejo del lenguaje utilizado por César Dávila en este poema se pueden apreciar rasgos poéticos con un alto valor. Al respecto se puede señalar en primer lugar, el alcance que logra tener en relación a la idea del mestizaje impuesto, donde emplea una estructura gramatical mixta, conocida como elipsis donde se evidencia una manera de hablar con arcaísmos y varios grupos nativos, cuyo protagonista en parte es el idioma kichwa. Un ejemplo sería la tercera estrofa cuando dice:

    “A Melchor Pumaluisa, hijo de Guápulo/
    en medio patio de hacienda, con cuchillo de abrir chanchos/
    cortáronle testes...”

    A veces este escritor cuencano cita palabras en kichwa en medio del propio idioma castellano, lo que puede implicar dificultades para el lector en el momento de interpretar el poema.

    A modo general se puede afirmar que el poema está enfocado en el modo de protesta social, a cuyo tema llegaron a incorporarse muchos escritores ecuatorianos en el Siglo XX. La ira y el dolor de los indígenas ecuatorianos, son dos aspectos protagonistas en cada verso del poema, unido a la opresión y el salvajismos que tuvieron los españoles denominados “Viracochas”.

    Este escritor también utiliza los géneros épico y lírico, lo que evidencia la influencia que tuvo de escritores como Neruda. En este sentido, utiliza la épica para referirse a los indígena como un todo, y en el caso de la lírica la emplea para manifestar las arbitrariedades cometidas contra el narrador o un tercero.

    3.- Poema “Boletín y elegía a las mitas” (Completo):

    INDIO Yo soy Juan Atampam, Blas Llaguarcos, Bernabé Ladña,

    Andrés Chabla, Isidro Guamacela, Pablo Pumacuri,
    Marcos Lema, Gaspar Tomayco, Sebastián Caxicondor.
    Nací y agonicé en Chorlaví, Chamanal, Tanlagua, Nieblí.
    Sí, mucho agonicé en Chisingue,
    Naxiche, Gambayna, Poalé, Cotopilaló.
    Sudor de sangre tuve en Caxají, Quinchirana,
    en Cicapla, Licto y Conrogal.
    Padecí todo el Cristo de mi raza en Tixán en Saucay,
    en Molleturo, en Cojitambo, en Tovavela y Zhoray.
    Añadí así más blancura y dolor a la cruz que trajeron mis verdugos.

    A mí tam. A José Vacacela tam.
    A Lucas Chaca tam. A Roque Caxicondor tam.
    En plaza Pomasqui y en rueda de otros natuales
    nos trasquilaron hasta el frío la cabeza.
    Oh, Pachacámac, Señor del Universo,
    nunca sentimos más helada tu sonrisa,
    y al páramo subimos desnudos de cabeza,
    a coronarnos, llorando con tu Sol.

    A Melchor Pumaluisa, hijo de Guápulo,
    en medio patio de hacienda, con cuchillo de abrir chanchos,
    le cortaron los testes.
    Y, pateándole, a caminar delante
    de nuestros ojos llenos de lágrimas.
    Echaba, a golpes, chorros de ristre de sangre.
    Cayó de bruces en la flor de su cuerpo.
    Oh, Pachacámac, señor del Infinito,
    Tú, que manchas el Sol entre los muertos.

    Y vuestro Teniente y Justicia Mayor
    José de Uribe: “Te ordeno”. Y yo,
    con los otros indios, llevámosle a todo pedir,
    de casa en casa, para su paseo, en hamaca.
    Mientras mujeres nuestras, con hijas, mitayas,
    a barrer, a carmenar, a texer, a escardar;
    a hilar, a lamer platos de barro nuestra hechura,
    Y a yacer con Viracochas,
    nuestras flores de dos muslos,
    para traer al mestizo y verdugo venidero.

    Ya sin paga, sin maíz, sin runa-mora,
    ya sin hambre de puro no comer;
    sólo calavera, llorando granizo viejo por mejillas,
    llegué trayendo frutos de la yunga
    a cuatro semanas de ayuno.
    Recibiéronme: Mi hija partida en dos por Alférez Quintanilla,
    Mujer, de conviviente de él. Dos hijos muertos a látigo.
    Oh, Pachacámac, y yo, a la Vida
    Así morí.
    Y de tanto dolor, a siete cielos,
    por sesenta soles, Oh, Pachacámac,
    mujer pariendo mi hijo, le torcía los brazos.
    Ella, dulce ya de tanto aborto, dijo:
    “Quiebra maqui de guagua; no quiero que sirva
    que sirva de mitaya a Viracochas”.
    Quebré.

    Y entre Curas, tam, unos pareciendo diablos, buitres, había.
    Iguales. Peores que los otros de dos piernas.
    Otros decían: “Hijo, Amor, Cristo”.
    Y ellos: “Contribución, mitayo a mis haciendas,
    a tejer dentro de Iglesia, aceite para lámpara,
    cera de monumentos, huevos de ceniza,
    doctrina y ciegos doctrineros.
    Vihuela, india para la cocina, hijas para la casa.
    Así dijeron. Obedecí.

    Y después: Sebastián, Manuel, Roque, Salva,
    Miguel, Antonio, Mitayos, a hierba, leña, carbón,
    paja, peces, piedras, maíz, mujeres, hijas. Todo servicio.
    A runa-llama tam, que en tres meses
    comistes dos mil corazones de ellas.
    A mujer que tam comistes
    cerca de oreja de marido y de hijo,
    noche a noche.
    Brazos llevaron al mal.
    Ojos al llanto.
    Hombros al soplo de sus foetes,
    Mejillas a lo duro de sus botas.
    Corazón que estrujaron, pisando ante mitayo,
    cuerpos de mamas, mujeres, hijas.

    Sólo nosotros hemos sufrido
    el mundo horrible de sus corazones.
    En obraje de telas, sargas, capisayos, ponchos,
    yo, el desnudo, hundido en calabozos, trabajé
    año cuarenta días,
    con apenas puñado de maíz para el pulso
    que era más delgado que el hilo que tejía.
    Encerrado desde la aurora hasta el otro claror,
    sin comer tejí, tejí.
    Hice la tela con que vestían cuerpos los Señores,
    que dieron soledad de blancura a mi esqueleto.
    Y Día Viernes Santo amanecí encerrado,
    boca abajo, sobre telar,
    con vómito de sangre entre los hilos y lanzadera.
    Así, entinté con mi alma, llena de costado,
    la tela de las que me desnudaron.
    “Porque no hemos venido
    a vivir en la tierra.
    Sólo venimos a soñar.
    Sólo venimos amar
    aquí en la Tierra”.
    Y a un Cristo, adrede, tam trujeron,
    entre lanzas, banderas y caballos.
    Y a su nombre, hiciéronme agradecer el hambre,
    la sed, los azotes diarios, los servicios de Iglesia,
    la muerte y la desraza de mi raza.
    (Así avisa al mundo, Amigo de mi angustia.
    Así, avisa. Di. Da diciendo. Dios te pague).

    Y bajo ese mesmo Cristo,
    negra nube de buitres de trapo vinieron. Tantos.
    Cientos de casas hicieron en la Patria.
    Miles de hijos. Robos de altar. Pillerías de cama.
    Dejáronme en una línea de camino,
    sin Sur, sin Norte, sin choza, sin…dejáronme!
    Y, después, a batir barro, entraña de mi tierra;
    hacer cal de caleras, a trabajar en batanes,
    en templos, paredes, pinturas, torres, columnas, capitales.
    Y, yo, a la interperie!
    Y, después, en trapiches que tenían,
    moliendo caña, me molieron las manos:
    hermanos de trabajo bebieron mi sanguaza,
    miel y sangre y llanto.
    Y ellos, tantos, en propias pulperías,
    enseñáronme el triste cielo del alcohol!
    y la desesperanza
    Gracias!

    ¡Oh, Pachacámac, Señor del Universo!
    Tú que no eres hembra ni varón.
    Tú que eres Todo y eres Nada,
    Óyeme, escúchame.
    Como el venado herido por la sed
    te busco y sólo a Ti de adoro.
    Y tam, si supieras, Amigo de mi angustia,
    cómo foeteaban cada día, sin falta.
    “Capisayo al suelo, Calzoncillos al suelo,
    tú, bocabajo, mitayo. Cuenta cada latigazo”.
    Yo, iba contando: 2, 5, 9, 30, 40, 70.
    Así aprendía a contar en tu castellano,
    con mi dolor y mis llagas.
    Enseguida, levantándome, chorreando sangre,
    tenía que besar látigo y mano de verdugos.
    “Dioselopagui, Amito”, así decía de terror y gratitud.

    Un día en santa Iglesia de Tuntaqui,
    el viejo doctrinero, mostróme cuerpo en cruz
    de Amo Jesucristo;
    único Viracoha, sin ropa, sin espuelas, sin acial.
    Todito Él era una sola llaga salpicada.
    No había lugar ya ni para un diente de hierba
    entre herida y herida.
    En Él, cebáronse primero; luego fue en mí.
    De qué me quejo, entonces? No. Sólo te cuento.
    Me despeñaron. Con punzón de fierro,
    me punzaron todo el cuerpo.
    Me trasquilaron. Hijo de ayuno y de destierro fui.
    Con yescas de manguey encendidas, me pringaron.
    Después de los azotes, y aún en el suelo,
    ellos entregolpeaban sobre mí, dos tizones de candela
    y me cubrían con una lluvia de chispas puntiagudas,
    que hacía chirriar la sangre de mis úlceras.
    Así.

    Entre lavadoras de platos, barrenderas, hierbateras,
    a una, llamada Dulita, cayósele una escudilla de barro,
    y cayósele, ay, a cien pedazos.
    Y vino el mestizo Juan Ruíz de tanto odio para nosotros
    por retorcido de sangre.
    A la cocina llevóle pateándole nalgas, y ella, sin llorar,
    ni una lágrima. Pero dijo una palabra suya y nuestra: Carajú
    Y él, muy cobarde, puso en fogón una cáscara de huevo
    que casi se hace blanca brasa y que apretó contra los labios.
    Se abrieron en fruta de sangre: amaneció maleza.
    No comió cinco días, y yo, y Joaquín Toapanta de Tubabiro,
    muerta la hallamos en la acequia de los excrementos.
    Y cuando en hato, allá en alturas,
    moría ya de buitres o de la pura vida,
    sea una vaca, una ternera o una oveja;
    yo debía arrastrarle por leguas de hierbas y lodo,
    hasta patio de hacienda
    a mostrar el cadáver.
    Y tú, señor Viracocha,
    me obligaste a comprar esa carne engusanada ya.
    Y como ni esos gusanos juntos
    pudo pagar de golpe,
    me obligaste a trabajar otro año más;
    hasta que yo mismo descendí al gusano
    que devora a los amos y al Mitayo!

    A Tomás Quitumbe, del propio Quito, que se fue huyendo
    de terror, por esas lomas de sigses de plata y pluma,
    le persiguieron; un alférez iba a la cabeza.
    Y él, corre, corre gimiendo como venado.
    Pero cayó, rajados ya los pies de muchos pedernales,
    Cazáronle. Amarráronle el pelo a la cola de un potro alazán,
    y con él, al obraje de Chillos,
    a través de zanjas, piedras, zarzales, lodo endurecido.
    Llegando al patio rellenáronle heridas con ají y con sal,
    así los lomos, hombros, trasero, brazos, muslos.
    El, gemía revolcándose de dolor: “Amo Viracocha, Amo Viracocha”.
    Nadie le oyó morir.

    Y a mama Susana Pumancay, de Panzaleo;
    su choza entre retamas de mil mariposas ya de aleteo;
    porque su marido Juan Pilataxi desapareció de bulto,
    le llevaron, preñada, a todo paso, a la hacienda;
    y, al cuarto de los cepos en donde le enceparon la derecha,
    dejándole la izquierda sobre el palo.
    Y ella, a medianoche, parió su guagua
    entre agua y sangre.
    Y él dio de cabeza contra la madera, de que murió
    Leche de plata hubiera mamado un día, Carajú!

    Minero fui, por dos años, ocho meses.
    Nada de comer. Nada de amar. Nunca vida.
    La bocamina fue mi cielo y mi tumba.
    Yo, que usé el oro para las fiestas de mi Emperador,
    supe padecer con su luz,
    por la codicia y la crueldad de otros.
    Dormimos miles de mitayos,
    a pura mosca, látigo, fiebres, en galpones,
    custodiados con un amo que sólo daba muerte.
    Pero, después de dos años, ocho meses, salí,
    salimos seiscientos mitayos,
    de veinte mil que entramos.
    Pero, salí. ¡Oh, sol reventado por mi madre!
    Te miré en mis ojos de cautivo.
    Lloré agua de sol en punta de pestañas.
    Y te miré, Oh Pachacámac, muerto
    en los brazos que ahora hacen esquina
    de madera y de clavos a otro Dios.
    Pero salí. No reconocía ya mi Patria.
    Desde la negrura volví hacia el azul
    Quitumbe de alma y sol, lloré de alegría.

    Volvíamos. Nunca he vuelto solo.
    Entre cuevas de cumbre, ya en goteras de Cuenca,
    de Pedro Axitimbay, mi hermano.
    Vile mucho. Mucho vile, y le encontré el pecho.
    Era un hueso plano. Era un espejo. Me incliné.
    Me miré, pestañeando. Y me reconocí. ¡Yo era él mismo!
    Y dije:
    ¡Oh Pachacámac, Señor del Universo!
    Oh Chambo, Mulaló, Sibambe, Tomebamba;
    Guangara de don Nuño Valderrama.
    Adiós. Apachacámac, Adios. Rinimi, ¡no te olvido!
    A ti, Rodrigo Núñez de Bonilla.
    Pero Martín Montanero, Alonso de Bastidas,
    Sancho de la Carrera, hijo. Diego Sandoval.
    Mi odio. Mi justicia.
    A ti, Rodrigo Darcos, dueño de tantas minas,
    de tantas vidas de curicamayos.
    Tus lavaderos del Río Santa Bárbara.
    Minas de Ama Virgen del Rosario en Cañaribamba.
    Minas del gran cerro de Malal, junto al río helado.
    Minas de Zaruma; minas de Catacocha. ¡Minas!
    Gran buscador de riquezas, diablo del oro.
    ¡Chupador de sangre y lágrimas del Indio!
    Qué cientos de noches cuidé tus acequias, por leguas
    para moler tu oro,
    en tu mortero de ocho martillos y tres fuelles.
    Oro para ti. Oro para tus mujeres. Oro para tus reyes.
    Oro para mi muerte. ¡Oro!

    Pero un día volví. ¡Y ahora vuelvo!
    Ahora soy Santiago Agag Roque Buestende,
    Mateo Camaguara, Esteban Chuquitayupe, pablo Duchinachay,
    Gregorio Guartatana, Francisco Nati-Cañar, Bartolomé Dumbay.
    Y ahora, toda esta Tierra es mía.
    Desde Llangagua hasta Burgay;
    Desde Irubí hasta el Buerán;
    desde Guaslán, hasta Punsara, pasando por Biblián.
    Y es mía para adentro, como mujer en la noche.
    Y es mía para arriba, hasta más allá del gavilán.
    Vuelvo, álzome!
    Levántome después del Tercer Siglo, de entre los Muertos!
    Con los muertos, vengo!
    La Tumba India se retuerce con todas sus caderas
    sus mamas y sus vientres.
    La Gran Tumba se enarca y se levanta
    después del Tercer Siglo, dentre las lomas y los páramos,
    las cumbres, los yungas, los abismos
    las minas los azufres, las campaguas.
    Regresó desde los cerros, donde moríamos
    a la luz del frío.
    Desde los ríos, donde moríamos en cuadrillas.
    Desde las minas, donde moríamos en rosarios.
    Desde la Muerte, donde moríamos en grano.
    Regreso
    ¡Regresamos! ¡Pachacámac!
    ¡Yo soy Juan Atampam! ¡Yo, tam!
    ¡Yo soy Marcos Guamán! ¡Yo, tam!
    ¡Yo soy Roque Jadán! ¡Yo tam!
    ¡Comaguara, soy. Gualanlema, Quilaquilago, Caxicondor, Pumacuri, Tomayco,
    Chupuitaype, Guartatana, Duchinachay, Dumbay, soy ¡Somos! ¡Seremos! ¡Soy!


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    5.- Temas relacionadosFuente: Wikipedia, www.wikipedia.org, Brainly, Monografías, BuenasTareas, Slideshare, Prezi, Yahoo, https://www.britannica.com


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