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    Un menú de sinsabores



    Saber con exactitud cuántos ecuatorianos trabajan en la informalidad ha sido siempre una compleja tarea para las autoridades. Pero nada tan difícil como querer descifrar cuántas personas se dedican a cada una de tantas formas que existen de ganarse la vida por cuenta propia. El ingenio de la gente es tan vasto, que cada día aparece un nuevo oficio que suple la falta de una ocupación formal.
    A Grey Ochoa, una guayaquileña de 65 años, hace tiempo no se le ocurrió mejor idea que llenar los estómagos de gente que por realizar una jornada laboral continua, no tiene más opción que comer en sus mismos sitios de trabajo.
    De cabello corto y teñido de rojo, Ochoa llega cada mediodía a las calles del centro de la ciudad que están siendo regeneradas por el Municipio. Allí, con ayuda de un hijo y su nieto, distribuye diariamente entre 60 y 80 viandas a los albañiles, algunos de los cuales lucen con más deseos de dormir la siesta que de alimentarse.
    Esta trabajadora, quien admite que "la venta de almuerzos me resulta bien" económicamente, no está sola en este tipo de negocio. Guayaquil con 2,4 millones de habitantes, la mitad de ellos económicamente activos (1'185.401), tiene hoy un ejército de personas que aprovechan la inanición del mediodía en calles y oficinas para ganarse unos dólares.
    Si uno acude a la hora del 'lunch' al palacio municipal, observa entre cuatro y cinco proveedoras de alimentos en fundas y tarrinas; lo mismo ocurre en los edificios del sistema judicial, en los del Registro Civil, la Gobernación...
    En la mayoría de los casos, ninguno de estos proveedores tiene un contrato firmado con nadie para prestar el servicio. El trato es verbal, con cada uno de los clientes, quienes generalmente pagan la comida al terminar la semana, la quincena o cuando reciben su salario.
    "A veces ni nosotros sabemos que nos han depositado el sueldo y ellas ya están aquí cobrando sus almuerzos", comenta Raúl C., un empleado del Municipio.
    Por eso sus clientes las suelen tildar peyorativamente de "culebras", que en la jerga guayaquileña significa acreedores.
    Esta venta de viandas por entrega, que ni siquiera está especificada como actividad laboral en los registros del Ministerio del ramo, ni en el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), parece muy lucrativa a simple vista.
    Si se toma como ejemplo el Municipio, sus cuatro proveedoras bien podrían considerarse afortunadas. Mensualmente entre todas ellas posiblemente vendan $ 120.000, a razón de $ 2 por cada colación entregada durante 20 días laborables de cada mes, a cada uno de los 3.000 servidores que tiene esta institución.
    Otra realidad. Por muchas razones no todos los empleados del Municipio y otras instituciones se acogen al servicio que brindan estos microempresarios. Muchos clientes solo les piden la mitad de la colación (la sopa o el plato fuerte); otros prefieren buscar los comedores o restaurantes cercanos; y algunos llevan comida desde sus hogares.
    "Los menús que van en las tarrinas son faltos de variedad, de proteínas y en ciertos casos de buen sabor. Todos tienen arroz y carne, cosas que a mí y a mucha gente no nos gusta", dice la joven Ivette Morales.
    Con esta secretaria de una entidad pública concuerda Carlos Lino. Él es un carpintero que en estos días trabaja en la regeneración de la calle Juan Montalvo y quien siente que ni su proveedora ambulante, ni las fondas de la zona le ofrecen una alimentación como la que él dice tener en casa.
    "Me gusta el pescado, pero lo que me dan acá siempre es carne o pollo", se queja Lino.
    Morales recuerda haber leído en revistas de nutrición que comer carne es perjudicial para alguien que trabaja sentado, pues le provoca sueño.
    Pero comer en la calle tiene más desventajas. Los vendedores de viandas en tarrinas aplican la política de "plato pedido, plato pagado", es decir, sin opción a ser devuelto si el cliente no aprueba el menú del día.
    Ochoa no niega que la aplica. "No hacerlo me perjudica".
    Ante estas situaciones, la hora del almuerzo, que debería ser la más agradable del día, es más bien una preocupación para esos miles de obreros y ejecutivos, empleados públicos y privados que luchan día a día por subsistir.


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    Fuente: expreso.ec

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