Leyenda de la Casa 1028 - Resumen corto de la leyenda quiteña:


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  • Título: Leyenda de la Casa 1028 - Resumen corto de la leyenda quiteña

    Resumen corto de la leyenda quiteña de la Casa 1028.
    En la ciudad de Quito, específicamente entre las calles Chile y Guayaquil, existe una edificación con una arquitectura típicamente identificativa de la época colonial, y tiene por numeración el No. 1028, en la actualidad conocido el inmueble como “edificio Guerrero Mora”. Con el transcurso de los años dicho inmueble se ha mantenido sólido en lo que se refiere a su estructura. Vale destacar que aún en este inmueble habita una anciana, la cual enseña el viejo portón que ha sido remachado con clavos gruesos y dotados de cabezas artísticas, además se pueden apreciar un conjunto de paredes anchas, con un empedrado rústico y un amplio patio con abundante sol.


    A quienes visitan por vez primera esta edificación, les llama la atención las historias construidas a su alrededor. Tanto vecinos como nuevos inquilinos pueden percibir un misterio que envuelve a la edificación materializados en leyendas construidas donde habitan fantasmas y relatos de miedo y misterio. Una de esas leyendas es popularmente conocida como la “Leyenda de la Casa 1028”.

    Resumen corto de la leyenda de la Casa 1028:

    Hace mucho tiempo en la época de la colonia existía una niña llamada “Bella Aurora”, que vivía en la Casa 1028 de la antigua Calle Chile con su familia adinerada. Esta niña, Bella Aurora, se destacaba por ser una de las niñas más dulces y hermosas de la ciudad de Quito. Resultaba común, en la zona conocida como la Plaza Grande, donde en aquella época no había un monumento, sino simplemente una gran pileta, realizar famosas corridas de toros a raíz de las festividades de San Pedro.

    En la realización de este tipo de festividades las familias adineradas de la ciudad donaban banderillas que estaban adornadas con monedas de oro, y que dichas banderillas eran clavadas en los lomos de los toros. En este sentido, era una tradición que los toreros les quitaran al toro las banderillas como una especie de recompensa por el buen trabajo realizado correteando a los toros, animales de los que emanaba una gran furia y que además se encontraban heridos.


    Un buen día en una de estas fiestas populares tocaron los clarines e inició así la gran fiesta. Es así que, salió el primer toro de un color castaño y las personas que participaban hicieron de las suyas, es decir, lo corretearon, lo hirieron y le cogieron el banderín de Quito, por lo que el toro calló y fue retirado de la plaza, posteriormente sucedió algo terrorífico. De es forma salió un toro negro, muy grande, furioso, que resoplaba por las narices y salió rompiendo la barrera, todas las personas allí presentes gritaban asustadas y el toro miraba furioso a todos lados. De pronto el toro se acercó a las gradas donde se encontraba Bella Aurora, y la niña se asustó tanto que se desmayó, por lo que sus padres y amigos la llevaron a su casa preocupados todos por el desmayo que la niña había sufrido en la Plaza Grande. Pero y ¿qué pasó con el toro negro?

    Cuenta la leyenda que el toro estaba desesperado por no encontrar a la niña, y por lo tanto saltó la barrera y bajo caminando por la Calle Chile, y es así como el toro tumbó la puerta de la Casa 1028, subió las gradas y entró al cuarto donde descansaba la Bella Aurora. La niña sólo pudo pegar un grito, y el toro le propinó una embestida mortal. Tras este hecho los habitantes de la ciudad de Quito vieron aterrados como el toro se perdió entre las tinieblas y desapareció, para nuca más ser visto.

    Fragmento de la Leyenda de la Casa 1028:

    “Los ricos propietarios de la casa”.

    Eran propietarios de aquella casa, Don Ramón N. y Doña Isabel N.; descendientes ambos de nobles familias quiteñas, cuyos apellidos no es necesario determinarlos para el objeto de este relato.

    Poseían varias haciendas cuyos rendimientos les permitía vivir con lujo y riqueza.

    Pero lo que más apreciaban, era su única hija que la Providencia les había concedido en veinte años de feliz matrimonio. Se llamaba Bella Aurora, coincidiendo su nombre con sus virtudes y su hermosura.

    Sus padres ponían especial cuidado en que nada le falte, ni tenga la menor contrariedad. Su alcoba estaba arreglada con extraordinario lujo. Cubrían las paredes costosos tapices y cuadros valiosos. En el marco de las puertas y ventanas, colgaban cortinas de finísimos rasos de seda, aborlonados con gruesos cordones de oro. Y luego, sobre la mullida alfombra del piso estaban regados caprichosamente cojines con artísticos y llamativos bordados. Y muebles de caoba de admirable acabado y en fin mucha riqueza por todas partes. En el ropero tenía innumerables vestidos, que eran frecuentemente renovados por habilísimas costureras. Sus joyas eran verdaderas maravillas de oro y pedrería, talladas por maestros en el arte de orfebrería. De tal manera se habían empeñado Don Ramón y doña Isabel en rodear a su hija de riquezas y comodidades, que, si la riqueza es suficiente para hacer feliz a un ser humano, Bella Aurora debía ser mil veces feliz.

    “Un sueño horrible”.

    Sin embargo, el semblante de Bella Aurora no manifestaba tanta felicidad y con frecuencia más bien, delataba alguna tristeza por ignorados motivos.
    Una circunstancia inesperada agravó la intranquilidad inexplicada de Bella Aurora. Una noche que al parecer dormía risueñamente en su alcoba, al dar las doce, despertó sobresaltada, y arrojándose de su lecho, empezó a dar gritos angustiosos, de manera que la numerosa servidumbre acudió presurosa a cerciorarse si no le había ocurrido algún accidente fatal.

    Y trabajo costó conseguir que la muchacha recobrara su serenidad y al fin hablara refiriendo lo sucedido. Mas sólo aplacó su espanto cuando acudieron a consolarla Don Ramón y su esposa.

    Entonces pudo hablar con angustioso ánimo.

    Refirió, pues, que había visto en sueños una opulenta corrida de toros, que se celebraba con delirante entusiasmo y que cuando ella veía tranquilamente las incidencias del popular regocijo, súbitamente un toro negro con frente blanca, que había hecho derroche de ferocidad, se presentó frente al embarrerados donde ella estaba, y con voz de trueno le ordenó: Bella Aurora, ¡baja! Y como presa de espanto, se resistiera a obedecerle, la bestia subió fácilmente al tablado, mugió de rabia y luego de romperle su ropaje de seda y sus joyas con su áspera lengua, hundió cruelmente sus afilados cuernos hasta atravesarle el corazón, arrancándole un terrible grito de dolor, despertándose en ese momento, para llamar a sus sirvientes.

    La niña contó el sueño tan a lo vivo, que los que la escuchaban, se santiguaron con devoción, mirando luego por todas partes como si temiera que seres extraños invadieran el regio aposento. Inclusive Don Ramón y doña Isabel, no pudieron disimular su preocupación por el raro sueño de su hija.

    Con todo, la tranquilizaron y para librarle de temores, resolvieron terminar la noche junto a ella, para abrumarla de caricias, mientras asome la luz del nuevo día.
    “Una gran corrida de toros”.

    Era una tarde despejada y alegre. La que hoy es Plaza de la Independencia, presentaba un aspecto de fiesta.

    En los balcones de las casas se había colocado nutridas banderas de diferentes colores. Alrededor de la plaza, se levantaban cómodos tablados con techos de paja y embarrerados cubiertos de costosas telas de seda, flores y guirnaldas.

    En cada uno de ellos, se habían reunido las familias más distinguidas de la ciudad para mirar las famosas corridas de toros, de las tradicionales fiestas de San Pedro y San Pablo. En pasamanos improvisados, lucían las colchas obsequiadas por las chiquillas de la nobleza. Eran una especie de banderas de raso primorosamente bordadas y cuajadas de monedas de plata y oro, con las que las donantes hacían competencia de lujo y generosidad. Las colocaban fuertemente aseguradas sobre el lomo del toro y se llevaba el diestro que haciendo gala de valor, en un quite emocionante lograra arrancarla, muchas veces exponiendo su vida.

    En los intersticios de los tablados, estaban las modestas chinganas que, a pesar de su modestia, eran de irresistible atracción por los llapingachos, el puerco hornado, la caucara y otros sabrosísimos platos de aceptación popular, que despedían un apetitoso olorcillo, capaz de despertar el gusto más refractario.
    En una esquina de la plaza, una banda de músicos inflamaba el entusiasmo de numerosos curiosos que no dejaban sitio desocupado esperando la lidia.
    De pronto, la muchedumbre lanzó un grito que atrajo toda la atención: ¡Allí sale el toro!

    Y este grito fue repercutiendo en los labios de todos los espectadores ansiosos de emociones. Casi inmediatamente varios hombres del pueblo, con abundante arrojo se lanzaron a los mismos cuernos del terrible cuadrúpedo valientemente con sus amplios ponchos.

    El animal furioso, raspaba con sus pezuñas la tierra del suelo y luego de mirar ferozmente a sus provocadores, les acometía con ímpetu aterrorizante, sacudiendo su enorme testuz. Sin embargo, los toreros con habilísimos pases que arrancaban nutridos aplausos, conseguían librarse de poderosas cornadas, para continuar incitando al inquieto animal.

    Mientras tanto en un tablado, donde sonaba un llamativo concierto de vihuelas, una niña lujosamente ataviada, no manifestaba tanta alegría como para indicar que era de su agrado la fiesta. Al contrario, su semblante pálido y sobresaltado delataba un raro disgusto y hasta ciertos temores. Y hablaba sin descanso con su padre que estaba a su diestra, acariciándola con paternal afecto. Era Bella Aurora.

    “El toro fatal”

    Tengo temor papá, musitó ella agarrándose del brazo de su padre.

    ¿Pero qué puedes temer? El tablero está bien seguro, estás en medio de los tuyos; nuestros sirvientes están con nosotros listos para cualquiera emergencia; pero ¿qué te puede preocupar? respondió Don Ramón.

    Se me ha puesto que tendrá fiel cumplimiento el sueño de aquella noche.

    ¡Oh! ¡Hijita mía! ¡Disparates y nada más que eso!

    No papá. ¡Se me figura que ya va a salir a la plaza el toro negro que vi en sueños, y que se precipitará a exterminarme!

    ¡Por favor, lléveme a casa!

    ¿Pero por qué tan nerviosa, hija mía? Serénate y pon atención en la fiesta que está animada como ningún año. Fíjate que bien torean al mulato que se halla en la plaza. ¡Hombre! ¡Y que bravo!

    ¡No diga eso papá! ¡No quiero ver! ¡Tengo como un presentimiento que me estruja el corazón! ¡Vamos!

    En ese instante los gritos y silbos del pueblo, anunciaron que otro toro se lanzaba a la plaza. En efecto, un toro de piel negrísima y lustrosa, con la frente blanca entró al campo de la lidia, bufando de furia y echando espuma por el hocico. De vez en cuando alzaba su poderosa cornamenta y dirigía sus encendidos ojos por todos los tablados y embarrerados.

    ¡Este es el toro! gritó entonces Bella Aurora con, los ojos desorbitados de miedo cayeron sin aliento en brazos de su padre, que se apresuró a protegerla.
    El accidente alarmó visiblemente a los familiares de la muchacha y resolvieron conducirla a su mansión para tranquilizarla.
    Tan pronto como Bella Aurora llegó a su casa, acostase en su regio lecho, para recibir fricciones de colonias y esencias que estimularan acción de su decaído sistema nervioso.

    Mientras tanto, en la plaza el toro continuaba como buscando a alguien en las barreras. Por más que los diestros toreros le provocaban para que embista, metiéndole en el hocico los ponchos de encendidos colores, el animal furioso sacudía su testuz y seguía en su misteriosa búsqueda sin acometer a nadie.

    De repente, cansado de su rara actitud, saltó con asombro de todos por encima de la barrera y se dirigió apresurado a la casa 1028. Llegó y rompiendo la puerta de calle que estaba asegurada con tranca y llave, subió por las gradas de piedra hasta llegar al corredor. Olfateó abriendo sus negras y espumosas narices y luego sin vacilar se encaminó con paso lento a la alcoba de la niña. Bella Aurora abrió en ese instante los ojos y cuando pálida de terror quiso levantarse para huir, el toro se precipitó sobre ella y hundió ferozmente sus afiladas astas en su delicado cuerpo. Después, salió y desapareció por las calles de Quito, dejando muerta a Bella Aurora, cuya faz aureolada de sedas y armiños, delataba una extraña tristeza, a la que daba un trágico relieve, un hilo de sangre que se escapaba de su corazón yerto, por encima de sus lujosos vestidos y rutilantes joyas.

    Popularidad de la Leyenda de la Casa 1028:

    Si bien esta leyenda es una de las más populares en la ciudad de Quito, no se puede negar que algunos oyentes se estremecen al escuchar este tipo de relatos de terror. Al respecto hay que señalar que existen más historias terroríficas que envuelven a la Casa 1028. En la actualidad esta edificación pertenece al municipio de Quito, donde se mantiene la tradición y los mitos, y se comenta por quienes la frecuentan la ocurrencia de actos muy raros en el lugar. La edificación conserva su estructura colonial para disfrute de los visitantes y turistas.

    Temas relacionados Fuente: Wikipedia, www.wikipedia.org, Brainly, Monografías, BuenasTareas, Slideshare, Prezi


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